La gente que me conoce sabe que soy una persona bastante
lectora. Un auténtico ratoncillo de biblioteca que saborea con el mismo placer
un clásico de la literatura que una obra actual. Por eso nadie se sorprendió
cuando el año pasado dije que me había impuesto como autoreto leerme en ese año
todas las obras de teatro de William Shakespeare. Especifico aquí lo de las
obras de teatro porque Shakespeare (Will para los amigos) también escribió
muchos poemas y esos no entraban en este reto. En el próximo, ya veremos.
A pesar de haber leído más de un clásico, y más de 10
también, esta prueba autoimpuesta resultó ser mucho más dura y difícil de
afrontar de lo que esperaba. Fue todo un ejercicio de comprensión y de visión
histórica como mujer, como lectora y como persona de este siglo. Me explico.
Como lectora fue todo un desafío. Leer teatro siempre tiene
un punto de dificultad. No es tan fácil visualizar las escenas y el ritmo al
que ocurre la acción acaba siendo más intuitivo que explícito. La prueba es
que, al ver en película alguna de las obras, la impresión siempre es distinta
al texto escrito. Al margen, la colección tenía unos prólogos muy interesantes,
pero también bastante densos. Esas introducciones eran distintas en cada libro,
tanto los autores como el modo en el que se concebía y redactaba, pero
básicamente constaba de un contexto histórico y un pequeño análisis de la vida
de Shakespeare en el momento de escribir cada obra. En algunos de los casos también
podían traer curiosidades de la sociedad londinense o de la puesta en escena de
la obra. Complicaba bastante el leerlo, pero también servía para aclarar y
comprender muchos puntos de los textos.
También me encontré con una pequeña dificultad, medio
arreglada la mayoría de las veces por los pies de página o por las
introducciones. Se trata de las bromas y los juegos de palabras. Estos
evolucionan a la par que el lenguaje y la sociedad y en las obras más
orientadas al humor, lógicamente, abundaban. El problema es que son imposibles
de traspasar desde el inglés antiguo y con un texto en verso al castellano
actual en prosa sin una enorme pérdida de contexto.
Como alguien que vive en el siglo XXI es dificilísimo ponerse
en la situación de los personajes. Las relaciones que se creaban entre las
personas en el siglo XVI son completamente diferentes a las de hoy en día. Un
ejemplo muy evidente es la amistad entre los hombres. En la literatura de la
época las amistades podían salvarte la vida, un juramento implicaba el honor y
el honor era más importante que cualquier cosa, más incluso que la familia.
Otra de las diferencias fundamentales es el nacimiento de
las parejas. Si un chico quería acercarse a una joven, debía ser con el
beneplácito del padre de ella. Esto derivaba en un trato económico y social
entre el padre y el novio y, si ella aceptaba, en una boda casi inmediata. Y
eso, si es él el que se acerca. En algunos casos, es un amigo del novio el que
corteja la joven y habla con su padre en nombre del interesado.
Actualmente no podemos entender algo así, pero en aquel
momento relación y matrimonio eran una única cosa. Las parejas se conocían,
enamoraban y casaban en un lapso de tiempo muy, muy corto. Y el enamorarse podría
considerarse como algo relativo. Una de las cuestiones fundamentales en esos
matrimonios era la dote de la novia, cosa a tratar antes del compromiso.
Las excepciones solo se daban si la relación en ciernes no
tenía pinta de ser aprobada por el cabeza de familia. En esos casos la pareja
nace a escondidas, normalmente con ayuda del ama de ella y del chambelán de él
y el papel de ella acaba mostrándose como bastante más fuerte que el de él.
Esto se debe a que las consecuencias que pueden recibir los dos son distintas.
Por regla general a él se le destierra (o similar) y a ella se le presiona. Al
desaparecer de delante de la familia de ella, él solo sigue con su vida hasta
el momento de reencontrarse, en ocasiones manteniendo el contacto a través de
un amigo cercano o un criado. Sin embargo, ella se suele ver sometida a una
constante presión: ser desheredada, ingresar en una orden religiosa, echarla de
la casa familiar, ser repudiada… cualquier cosa con tal de que renuncie a la
relación o al matrimonio en favor de alguien más adecuado según los estándares familiares.
Una de las pocas excepciones a estas dos normas es la pareja
formada por Benedicto y Beatrice (“Mucho Ruido y Pocas Nueces”). Ellos se
enamoran de forma natural y solo lo manifiestan por la broma de los demás. Esto
solo es posible porque Beatrice no es realmente hija de Leonato, si no una
sobrina huérfana a la que ha criado desde que era muy niña. Eso le otorga una
libertad y rango de acción mucho más amplio que el de Hero, su prima, que vive
bajo las reglas que se espera que siga. Beatrice dice lo que piensa, mientras
que Hero solo parece hablar cuando alguien se dirige a ella. Otra cosa curiosa
de esta pareja es que su romance acaba bien. Son muy pocas las parejas que, enamorándose
de forma lenta y progresiva, logran llevar a buen término su relación. El mayor
de estos ejemplos es el de Otello y Desdémona. Ellos también se enamoran de
forma lenta y sosegada, a base de conversaciones y sinceridad (es una relación
mucho menos divertida que la de Benedicto y Beatrice) pero su historia, en vez
de acabar en una gran fiesta, acaba en tragedia.
Como mujer ha sido lo más difícil. El papel de la mujer ha
cambiado como la noche al día. En el teatro de nuestro amigo Will la mayoría de
las mujeres tienen un papel aparentemente pasivo y sumiso ante sus padres,
maridos y la mayoría de los varones. El resto lo es definitivamente.
¿Por qué aparentemente? Porque poniéndote en el contexto histórico
y social adecuado ves que son mujeres fuertes, que tratan de pelear hasta el
nivel que la sociedad y su educación las permite y, en muchos casos, superando
ese límite. Eso sí, sin combatir ni coger una espada para nada más que
completar su atuendo cuando se ven obligadas a vestirse de varón, normalmente
para perseguir a un hombre o para huir de otro. No debemos olvidar que estamos
en el siglo XVI, y las mujeres son dulces, delicadas y débiles físicamente
hablando. Y la clave es “físicamente”, porque también tenemos en estas obras
mujeres de una crueldad más que brutal. Como pequeña muestra tenemos a las
asesinas Lady Macbeth (“Macbeth”), Tamora (“Tito Andrónico”) o Gonerila y
Regana (“El Rey Lear”).
En muchas de las obras el papel pasivo de la mujer es muy
diferente. Ellas son las guardianas del honor, el sostén emocional, las
maestras de una vida más pausada y tranquila y el principal motivo de alegría.
En “Las Alegres Comadres de Windsor” la Señora de Page soporta todos los
avances de Falstaff, burlándolo y poniéndolo en ridículo guardando el honor de
un marido celoso sin motivo alguno, Catalina de Aragón (“Enrique VIII”) guarda
el honor del Rey Enrique incluso cuando este la repudia y se casa con otra, Isabella
y Mariana (“Medida por medida”) montan todo un engaño para salvar a Claudio y
contentar a Angelo
Y eso dejando al margen el tema de la edad, que es uno de
los detalles que más chocan con la vida moderna. En “Romeo y Julieta”, Los
padres y el ama de Julieta, explican que ella ya ha cumplido los 14 años y que
debería estar casada porque hay chicas con esa edad que ya son madres. La
mayoría de las protagonistas femeninas de las obras o las mujeres de las
parejas tienen aproximadamente esa edad. Dejando al margen las madres y amas de
estas, y pequeñas excepciones, claro.
Un tema recurrente en las obras de Shakespeare es el de la
mujer que se viste de hombre para lograr un objetivo. Los motivos son diversos,
pero principalmente se trata de sobrevivir, conseguir justicia o seguir al amor
de su vida. Para ello se ven obligadas a vestirse de mancebo (joven imberbe)
para poder actuar en un mundo de hombres, medio en el que normalmente no les
estaría permitido apenas hablar y que les resulta tan intimidante como
desconocido. Hay muy pocas excepciones a este miedo cerval. La principal para
mi es Viola (“Noche de Reyes”). Ella se viste de hombre tras quedarse sola
debido a un naufragio. El barco en el que ella viajaba junto a su hermano
gemelo se hunde debido a una increíble tormenta. Ambos sobreviven alejados el
uno del otro y creyendo muerto al otro. Viola es rescatada y llevada a tierra,
donde se viste de hombre para ganarse la vida al servicio del Duque. Ella no
está huyendo, ni busca arreglar un problema o encontrar a alguien. Ella se
comporta de una forma completamente autosuficiente y es capaz de dejar al
margen cualquier sentimiento que tuviera por el Duque con tal de mantenerse en
su papel. No pongo a Porcia (“El Mercader de Venecia”) como ejemplo principal
de este comportamiento debido a que, si bien demuestra tener capacidad de ser
autosuficiente, cuando se viste de abogado junto con su criada Nerisa, lo hacen
para salvar al amigo de su marido.
Como digo ha sido todo un reto. Uno inmenso del que he
salido con sentimientos muy contradictorios. Me han encantado casi todas las
comedias, he disfrutado casi todos los dramas y las históricas casi siempre me
han resultado pesadas.
LADY KURONEKO